Alimentar los sentidos

Si me preguntasen cuál es la etapa evolutiva más sorprendente, no lo dudaría, creo que de 0 a 36 meses. ¿Os habéis fijado la inmensidad de cambios de todo tipo que acontece en una persona desde el minuto que respira aire a la semana de haber nacido? Y así podríamos dividir la maravilla de la perfección de la indefensión de ese nuevo ser en múltiples categorías. Todas válidas y todas fascinantes. Si me permiten, yo voy a atreverme a compartir la importancia que para mí, como educadora de primera infancia, tienen los sentidos. Les recuerdo: Olfato, Oído, Vista, Tacto y Gusto. Nos los sabemos muy bien y el colegio nos los enseña con una pedagogía clásica: tiene que aparecer en la enseñanza curricular. Aburrimiento total. Piensen conmigo: los sentidos nos los encontramos, funcionan y no hay que hacer nada y nos dan todo. Esta simpleza, lejos de aprovecharla, la obviamos… “total, ya huelo, para qué voy a estimular”… Son un regalazo digno de mayúsculas. Veamos pues.

El oído. Desde el vientre, antes de nacer, el bebé ya oye y por tanto su registro auditivo comienza a tener memoria desde “siempre”. Somos muchas las madres y educadoras que hemos sentido la curiosidad de poner música, cantar, tararear o hablar a nuestro hijo y cuando se produce una respuesta, nuestra sonrisa es pletórica. Lo mismo nos pasa con la vista, según va enfocando y nos va descubriendo, nos enternecemos. Por no olvidar el sentido del gusto y las reacciones inmediatas que provoca de aceptación o disgusto. El tacto y el aprendizaje de las cosquillas. Quizás en esta etapa el olfato sea el menos estimulado y eso que los adultos olemos y recordamos las “kks” de nuestros peques hasta con ternura. Yo cerraba los ojos pensando que aquello no era real. Nada más lejos de mi realidad. Pero el niño tan tranquilo. Yo me preguntaba por su olfato y si este se vicia.

El aprendizaje de cualquier cachorro, sobre todo mamífero, está sujeto a mejorar las capacidades de sus sentidos para aprender más y mejor. Muchos son los juegos para estimular los sentidos y mejorar sus capacidades: tapar los ojos y probar sabores, descubrir olores, tocar texturas, adaptar un baile según el tipo de música… pero pocas veces combinamos, los retamos o provocamos situaciones que no sean lo que deben ser… un pollito tacto suave, una flor olor agradable o el mito del corderito limpio, cuando la lana real tiene grasa natural y no huele a suavizante. Siempre me he preguntado si el estímulo de un sentido estaba ligado a una cultura determinada y por tanto el contexto condiciona qué utilidad y desarrollo doy al sentido. Si esto es así, entonces los sentidos tienen una función de ayudar a la adaptabilidad al medio natural donde crecemos. ¿Cuál es la función de los sentidos de un niño en la ciudad? ¿Distinta de las de un niño en un pueblo? ¿Distintas de las de un niño que viva en el Amazonas? Estoy segura que sí y por ello la combinación de dichos sentidos debe ser con-natural a su desarrollo.

Yo les propondría que mientras sus hijos crecen y la sociedad del “ubica”, ustedes fuesen valientes y jugasen a intercambiar los sentidos entre sí y profundizasen en la relación simbiótica que tienen entre ellos: todo huele a algo, todo sabe a algo, todo suena a algo, todo tiene tacto. No lo hagan esperando saber la respuesta, no hay respuesta correcta. Hay una imaginación poderosa que siempre almacena y nos sorprende. Ningún sentido se acaba y ninguno tiene suficiente. Las edades de 0 a 36 meses presentan una ductilidad llena de emoción que representa el inicio de una curiosidad vital que debemos alimentar para que esas personas siempre quieran descubrir, crear, experimentar.

(publicado anteriormente en Diábolo Magazine de Diciembre 2016-Enero 2017)

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